
Si juntas pasión, fuerza y buen hacer, el resultado es la mezcla quimérica de Malaputa. Un power trío formado al bajo y la voz por el Piñas, Kolibrí Diaz a la guitarra y Euken Ubasos a la batería, que ofreció el último concierto de su gira “Desojando el 2026” el pasado sábado 28 de marzo en la Sala Acapulco de Gijón.
A las diez en punto comenzó a rugir la maquinaria con «Mar de trigo», uno de los singles de su último disco; elección perfecta para caldear un ambiente donde ya se respiraban ganas de rock. Tras el inicio y, alternando canciones de sus dos discos, dejaron clara su postura en la música, o se vive o no se hace. La intensidad iba en aumento con un público que coreaba a voz en grito canciones llenas de desgarro, que sajaban tanto encima, como debajo del escenario. Prueba de ello fue «Amarga hiel». “Hay canciones que no deberían de haberse escrito nunca” comentaba Piñas para proceder a poner todo su corazón en ellas.

Hacia el ecuador de concierto los vasos y botellines se alzaron hacia el cielo en un brindis en recuerdo de Jorge (Ilegales) y Robe Iniesta (Extremoduro), grupo del que versionaron la canción «De acero», que como no podía ser de otra manera, toda la sala cantó a pleno pulmón. Los solos de Kolibrí hacían mover las cabezas y empujaban a saltar a un público que, aunque no llenaba la sala, sonaba como si lo hiciese. «Sin herrar» fue uno de esos temas que dejó con la boca abierta a más de uno, Euken seguía demostrando su solvencia a la batería, dominando las dinámicas sin caer en excesos innecesarios. Malaputa es, ante todo, una familia y eso quedó patente cuando el Piñas presentó a la banda sin olvidarse del equipo técnico, un gesto poco habitual y muy significativo.

Siguiendo con los homenajes llegó «A toda velocidad», reinterpretación del tema de Barricada llevada a su terreno, con guiños a otros cortes de la banda e incluido en el disco homenaje a Boni. Del material más reciente, «De raíz» y «El temporal» se consolidaron como canciones imprescindibles, confirmando el gran peso y aceptación del nuevo disco.
El final se intuía cercano, y lo encararon con «Mi altar», un tema cargado de referencias a las bandas que les han marcado. Como últimas balas, tras hora y media de concierto nos agasajaron con «Café y mulas», especialmente sentida en la interpretación de Piñas y «Su nombre es ruido», que, coreada de principio a fin por el público puso el cierre a la noche.
En definitiva, un directo cuidado que demuestra que la potencia no está reñida con un sonido pulido y equilibrado, donde cada instrumento tiene su espacio y con la personalidad que caracteriza a estos músicos eleva el conjunto. Respeto, complicidad y honestidad que se traducen, inevitablemente, en calidad. Todo apunta a que habrá Malaputa para rato.

Texto y fotos: Nayara Iglesias
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